EL ESPÍRITU DE DIOS ESTÁ SOBRE TI


"El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Noticia, me ha enviado a proclamar la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de Gracia del Señor" (Lc.4,18-19).

El Espíritu de Dios está sobre ti, porque Él te ha elegido, Él te ha llamado para darle al mundo como María lo hizo en su momento, como lo hicieron aquellos hombres y mujeres de Galilea,... como tú sabes en tu corazón que puedes hacer y... no, no digas que no vas a poder, que eso no va contigo, que tienes muchos defectos y vas a defraudar más que animar.

No, no digas eso porque así mismo respondió María: "¿Cómo va a ser eso si yo...?". Pero el ángel le respondió: "No temas, puede que tú no seas capaz... pero el Espíritu de Dios vendrá sobre ti". El resto... ya sabes cómo fue.

No, no digas que "no puedes" porque eso para Dios no es excusa; no digas que apenas tienes fe o que dudas; también las tuvo María y las tuvieron los apóstoles, incluso después de verle resucitado... pero el día de Pentecostés.... Ya conoces la historia.

No digas que eres un niño, un niño que no sabe ni hablar en público (ya lo argumentó el profeta Jeremías y... de poco le sirvió: el Señor pudo más que su supuesta inmadurez o falta de autoestima y ya sabes lo que luego este hombre de Dios hizo).

No digas que "sí" para quedar bien y luego pirarte como Jonás... porque allá donde quieras escapar Él te alcanzará, si huyes hasta el abismo... allí estará Dios, si escalas las cumbres más altas allí le hallarás; no hay lugar ni momento en el que Él no pueda estar contigo.

A ti, joven, estudiante, profesional, 

A ti,...

A ti,... hermano y hermana, a ti Dios te llama.

A ti, Dios envía su espíritu y con Él y desde Él puedes llamarle "Papá", como el niño que ríe satisfecho en los brazos seguros de su padre o de su madre.

A ti, que vives a menudo la vida como un torrente desbocado sin tregua para el descanso desde el instante en que te abres a la luz del nuevo día hasta que las persianas de tus ojos dicen sencillamente "hasta mañana"; a ti Dios te invita.

No esperes luminarias en el cielo ni llamaradas de fuego sobre tu cabeza; no supongas que el viento vaya a reventar las ventanas de tu casa anunciando la presencia del Espíritu de Dios; no sueñes con trompetas del apocalipsis para indicarte que... 

Él ha llegado a ti, porque... 

Él ya estaba en ti.

Él estaba en ti y tú en Él desde que fuiste concebido y desde el vientre materno te llamó y te consagró.

Él te consagró para ser su testigo, ser su apóstol del siglo XXI en cualquier ambiente en que te muevas.

Él te consagró para ser Él: amor en medio del mundo y bien sabes que no descansarás hasta que tú y Él seais uno.

Él te consagró para que quienes más amor necesitan descubran cada día que DIOS ES AMOR, que nadie está dejado de su mano y todo llega, a su hora, en su momento.

Él te consagró para ser un nuevo Cristo para todos los cristos rotos de este mundo y por ti redimidos con la fuerza y la sabiduría de Dios.

Él te consagró para ser voz de los sin-voz y los gritos de desesperación por las grandes injusticias hallen eco en los corazones de todos tus hermanos, también de quienes aparentan ser sordos y crueles con los más pequeños.

Él te llamó, Él te ungió, Él te consagró, Él te envió al mundo de mil y una maneras todos los días para que el mundo conozca el camino de la verdadera felicidad: el encuentro con Padre Dios.

El Espíritu de Dios está sobre ti, no temas, ponte en camino

Vocación de San Mateo





Como en otras jornadas anteriores, Mateo el publicano estaba sentado en su banco, cobrando impuestos. Era su trabajo, aunque a muchos de sus contemporáneos les pareciera despreciable. Pero aquel día todo cambió. La voz de Jesucristo, que pasaba a su lado, sonó escueta e imperiosa: «Vio Jesús a un hombre sentado en el telonio, llamado Mateo, y le dijo: sígueme». Jesucristo se adentró en su vida para siempre, pidiéndole la entrega de todo cuanto era y cuanto tenía. Quizá no había pensado nunca en otro porvenir que el que le deparaba su trabajo. Pero ante la llamada del Señor, precisamente allí, en su trabajo, responde inmediatamente y acoge en su alma la vocación divina: «Se levantó y le siguió». 

Es una escena que desde entonces se ha repetido, paso a paso, en la vida de muchas personas. El Señor ha salido al encuentro de ellas con ocasión de su trabajo, de las cosas más cotidianas, y les ha llamado. Esa llamada, la vocación, es la gran pregunta del hombre, un interrogante que compromete toda su existencia: ¿qué quiere Dios que sea yo? Dios da la vocación y, con ella, las luces para verla. Por nuestra parte, debemos allanarle el camino, salir a su encuentro con la oración y la rectitud de vida.

—Pero lo difícil es saber cómo en concreto podemos percibir cuál es la llamada de Dios para nosotros.




Podremos percibir esa llamada de Dios de un modo apabullante y maravilloso, con una gran conmoción, como quizá nos gustaría. O bien, y esto es lo más corriente, con ese aire cotidiano, bajo el rostro de las cosas sencillas, de un amigo, de una noticia, de una conversación, de un libro.

Para cultivar una buena disposición hacia la llamada de Dios, es fundamental elespíritu de oración. La piedad popular ha representado a laVirgen en oración, cuando recibe la embajada del ángel. Es indudable que Nuestra Señora guardaba un recogimiento habitual, tenía un espíritu de oración que la dispuso a recibir el mensaje divino y a aceptarlo. Para percibir las llamadas de Dios es preciso tener esa orientación habitual hacia lo divino, saber escuchar la voz del Señor en medio de los afanes de la vida diaria, y después contestar, como ella, con un «Hágase en mí según tu palabra». 

—¿Y qué tipo de cosas sencillas y cotidianas debemos observar en nuestra oración?

Examina tu corazón, en el que bulle quizá, desde hace tiempo, la ilusión de algo grande. Piensa si no será Dios el que te está hablando bajito, con las palabras de un amigo, tras la aparente monotonía de la vida. Considera quién golpea suavemente tu alma. Quizás lleve tiempo hablándote, y no lo hayas descubierto todavía, como les sucedió a aquellos dos discípulos que caminaban con Él hacia Emaús. Jesús caminaba a su lado, alejándose de Jerusalén, como un peregrino más. Les hablaba con el acento de su tierra. Solo cuando rezaron con Él se dieron cuenta de que habían estado largo tiempo junto al Señor sin saberlo. Y exclamaron: «¿No ardía nuestro corazón cuando nos hablaba en el camino?». 

Piensa qué palabras te han herido últimamente, casi sin saber por qué. No repares demasiado en quién te las ha dicho. Mira si hay recuerdos, inquietudes, deseos, afanes, que te encienden el alma y te llenan de alegría. Y pregúntate si no será Jesucristo el que hace que arda tu corazón en el camino. Mientras tanto, vive alerta. Interroga los rostros y los sucesos. Ahí, entre la monotonía de los días iguales, te puede estar llamando Dios.

Quizá ahora te haces preguntas que nunca te habías hecho: ¿Qué sentido tiene esto que hago?¿Vale la pena vivir así? ¿Vale la pena mi vida? ¿Por qué Dios permite esta circunstancia, y aquélla, y aquella otra? Y hay anécdotas, situaciones, comentarios, sugerencias, vivencias, que antes pasaban inadvertidas y que ahora, en cambio, te llegan, te calan, te hieren. Adviertes, bajo esas circunstancias, un lenguaje enigmático con el que quizá Dios quiere decirte algo por medio de unos signos insospechados y a la vez cotidianos.




—¿A qué te refieres con lo de los signos y el lenguaje enigmático? 

Podemos recordar, por ejemplo, la historia de la vocación de San Francisco de Borja. Desde los dieciocho años estaba en la corte de Carlos V, y a los veintinueve fue nombrado virrey de Cataluña. Ese mismo año, recibió la misión de conducir los restos mortales de la emperatriz Isabel hasta la sepultura real de Granada. Él había visto muchas veces a la deslumbrante emperatriz rodeada de aduladores y de todas las riquezas de la corte. Al abrir el féretro para reconocer el cuerpo, el rostro de la emperatriz estaba ya en proceso de descomposición. Cuando vio el terrible efecto de la muerte, aquello le impresionó vivamente. Comprendió la caducidad de la vida terrena, y tomó entonces su famosa resolución: «¡Nunca más servir a señor que se me pueda morir!».

Todo aquello fue un gran aldabonazo en su alma. Cuando falleció su esposa, y sus hijos estuvieron ya emancipados, renunció a sus títulos y posesiones en favor de sus hijos, tomó el hábito y recibió la ordenación sacerdotal en 1551. La noticia de que el Duque de Gandía se había hecho jesuitatuvo un gran impacto en aquella época. Fue destinado a la casa de los jesuitas de Oñate y empezó a trabajar como ayudante del cocinero. Sus tareas eran acarrear agua y leña, encender la estufa y limpiar la cocina. También atendía la mesa con gran humildad, y el santo jamás dio por ello la menor muestra de impaciencia. 

A los pocos años fue nombrado Superior de la Compañía de Jesús en España, y después fue elegido Padre General. Durante los seis años que desempeñó ese cargo, hasta su muerte en1572, sus logros al frente de los jesuitas le valieron por parte de los historiadores la consideración de ser el más grande general tras el fundador San Ignacio de Loyola. Fundó lo que sería luego laUniversidad Gregoriana, envió misioneros a los más lejanos puntos del planeta, asesoró a reyes y papas, e impulsó con gran acierto los numerosos asuntos de la Compañía en rápida expansión. A pesar del gran poder que tuvo en sus manos, San Francisco de Borja siguió un estilo de vida sencillo y fue ampliamente reconocido como santo aun antes de morir. Todo empezó por aquel episodio ante el féretro de la hermosa emperatriz. No fue el único que estaba allí presente en aquel momento, pero Dios se sirvió de ese signo para remover su alma.

Esa llamada divina puede presentarse de muchas maneras. Por ejemplo, unos siglos antes, enFlorencia, un joven de familia noble y poderosa llamado Juan Gualberto ve como su único hermano muere asesinado. El día de Viernes Santo del año 1003, cuando tiene solo dieciocho años, cabalga rodeado de varios hombres armados, camino de Siena. En una revuelta del camino, se encuentra con un hombre al que reconoce al instante como el asesino de su hermano. No tiene escapatoria, ni posibilidad de hacer frente a aquella tropa. No le queda más remedio que someterse a la ley inexorable de la venganza, que exige su sangre. Todo ocurre muy deprisa. En un súbito arranque, inspirado por el sentimiento religioso, aquel desdichado baja del caballo, se arrodilla con los brazos en cruz, le dice: «Juan, hoy es Viernes Santo. Por Cristo que murió por nosotros en la cruz, perdóname la vida». Juan se disponía a asestarle el golpe mortal, cuando aquel hombre, viéndose ya perdido, musitó: «Jesús, Hijo de Dios, perdóname Tú al menos». Al oír esto, Juan arrojó la espada, bajó de su caballo, levantó al asesino, le abrazó y le dijo: «Por amor a Cristo, por la sangre que hoy derramó Jesús en la cruz, te perdono». 

La lucha entre la sed de venganza y la conciencia de su deber de cristiano, aunque duró breves instantes, debió de ser muy recia en el alma del joven caballero. Estaba por allí cerca, a orillas del Arno, la abadía de San Miniato. Entró en la iglesia y se arrodilló ante la imagen de Cristo crucificado. La mirada de aquel Cristo quedó clavada en su alma. Así pasó varias horas. Desde aquel día, Juan Gualberto no fue el mismo de antes. Sus aspiraciones mundanas le parecían vanas. No pasó mucho tiempo antes de que llamara a la puerta de ese monasterio y pidiera al abad vestir el hábito benedictino. Fue un gran monje, y poco después fundó en los bosques de Vallumbrosa una nueva orden religiosa, con muchos monasterios en Italia, y hoy es San Juan Gualberto. Dios salió a su encuentro de aquel modo tan singular, y él supo reconocerlo.


El Papa Juan Pablo II


Podrían citarse muchos otros ejemplos. Si nos fijamos en alguno más de nuestra época, podríamos referirnos a Ruth, una chica que a los veinte años ingresó en elInstituto de Hermanas de la Cruz, y cuyo testimonio conmovió a Juan Pablo II y al millón de jóvenes que le acompañaban en Cuatro Vientos, en el año 2003. «Antes de ingresar en el Instituto —explicaba la joven religiosa— llevaba una vida normal. Me gustaba la música, las cosas bellas, el arte, la amistad, la aventura. Había soñado muchas veces con mi futuro, pero un día vi por la calle a dos hermanas que me llamaron la atención por su recogimiento, su paso ligero y la paz de su semblante. Eran jóvenes como yo. Me sentí vacía y en mi interior y oí una voz que me decía: “¿Qué haces con tu vida?”. Quise justificarme: “Estudio, saco buenas notas, tengo muchos amigos”. Me quedé mirándolas hasta que desaparecieron de mi vista mientras yo me preguntaba: “¿Quiénes son? ¿Adónde van?”. 

»Como Nicodemo, invité a Jesús en la noche de mi inquieto corazón, y en la oración entré en diálogo con Él. Con Él, sentí la llamada de tantos hermanos que me pedían mi tiempo, mi juventud, el amor que había recibido del Señor. Y busqué. Y me encontré con la mujer que estaba más cerca del misterio de la cruz de Jesús junto a María, Sor Ángela de la Cruz. Ella se había configurado tanto con la cruz de Jesús que se hizo amor para los pobres que sufren. Me cautivó y quise ser de las suyas. Y aquí estoy, Santidad, consciente de lo que he dejado. 

»He dejado todo lo que los jóvenes que están con nosotros esta tarde poseen: la libertad, el dinero, un futuro tal vez brillante, el amor humano, quizá unos hijos. Todo lo he dejado por Jesucristo, que cautivó mi corazón para hacer presente el amor de Dios a los más débiles en mi pobre naturaleza de barro. 

»Tengo que confesarle, Santidad, que soy muy feliz y que no me cambio por nada ni por nadie.Vivo en la confianza de que quien me llamó a ser testigo me acompaña con su gracia. Gracias, Santo Padre, por su vida entregada sin reservas como testigo fiel del Evangelio, por fortalecer nuestra fe, avivar nuestra esperanza y abrir nuestro corazón al amor ardiente del que sabe perder su vida para que los demás la ganen. Gracias por su vida, que a muchos de nosotros nos ha marcado. Gracias por venir a decirnos a los jóvenes que el mundo necesita testigos vivos del Evangelio, que cada uno de nosotros podemos ser uno de esos valientes que se arriesguen a construir la nueva civilización del amor, porque lo que nosotros no hagamos, se quedará sin hacer.» 


Fuente:Alfonso Aguiló interrogantes.net

LA VOCACIÓN DE SAN PEDRO

Jesucristo no le eligió por ser el más inteligente o el más culto de los apóstoles




Si hoy se le hiciera un test psicológico nadie le admitiría para dirigir una gran empresa (la inestabilidad pone en peligro los negocios); sus antecedentes no inspiran confianza, y un partido político se guardaría mucho de convertirle en su líder; lo cual demuestra una vez más que nuestros criterios de eficacia tienen poco que ver con los de Dios.

Porque aquel pescador tan magníficamente promocionado no defraudó, lo hizo muy bien.


Pescador y príncipe de los apóstoles, primer papa y piedra sobre la cual se edifica la Iglesia. Éste es Pedro. Esta variedad de funciones lleva a que nos preguntemos cómo era este hombre al que encargaron responsabilidades tan abrumadoras. Los evangelios lo pintan muy bien, muy real, no como ejemplo de perfección, sino como una intensa paradoja humana de atractivas virtudes y de grandes limitaciones que le confieren un perfil singular.

Enseguida se ve que Jesucristo no le eligió por ser el más inteligente o el más culto de los apóstoles; en él se advierte un corazón impetuoso y fuerte, lleno de arrebatos no siempre oportunos, menos inquebrantable de lo que hubiera sido de desear, pero con una mezcla de fe, entusiasmo y bondad que sin duda respondían al deseo del Maestro.

Si hoy se le hiciera un test psicológico nadie le admitiría para dirigir una gran empresa (la inestabilidad pone en peligro los negocios); sus antecedentes no inspiran confianza, y un partido político se guardaría mucho de convertirle en su líder; lo cual demuestra una vez más que nuestros criterios de eficacia tienen poco que ver con los de Dios. Porque aquel pescador tan magníficamente promocionado no defraudó, lo hizo muy bien.




Chesterton nos ofrece como respuesta una de sus paradojas: “Cuando nuestra civilización quiere catalogar una biblioteca o descubrir un sistema solar, o alguna otra fruslería de este género, recurre a sus especialistas.

Pero cuando desea algo verdaderamente serio reúne a doce de las personas corrientesque encuentra a su alrededor. Esto es lo que hizo, si mal no me acuerdo, el fundador del Cristianismo”.

Ninguna vocación puede explicarse por los méritos y cualidades poseídos; la vocación sólo encuentra su explicación en la sabiduría divina.Por otra parte, si observamos fríamente cómo realizó la tarea encomendada,vemos que lo hizo bastante bien.

Es muy posible que muchos intelectuales u hombres de gestión hubiesen fracasado en la empresa; ejemplos los podemos encontrar con frecuencia a lo largo de la historia: hasta el listísimo Platón fue un político fracasado, y muchos más.

Vale la pena intentar vislumbrar cómola gracia actúa en un hombre normal, para comprobar su transformación en santo. Y con unos frutos verdaderamente extraordinarios.

Una breve biografía sacada de los datos de los Evangelios y los Hechos de los Apóstoles nos sitúa en los grandes trazos de su vida. Simón Pedro era -como la mayoría de los primeros discípulos del Señor- natural de Betsaida, ciudad de Galilea, en la ribera nordeste del lago de Genesare.

Lo mismo que su padre Juan y su hermano Andrés, era pescador. Estaba casado, pues el Evangelio nos refiere cómo Jesús curó a su suegra, que vivía en Cafarnaúm.

Antes de conocer a Cristo, había sido -probablemente- discípulo del Bautista, como su hermano Andrés. Fue éste quien le condujo a Jesús. Asiste al primer milagro de Jesús en las bodas de Caná. En Cafarnaúm, mientras ejercitaba su oficio de pescador, escucha las enseñanzas y presencia los milagros del Señor hasta recibir la llamada a seguirle como discípulos dejándolo todo.





Antes del Sermón del Monte eselegido como uno de los Doce. En todas las listas del nuevo Testamento aparece el primero. Junto a Santiago y Juan forma parte del grupo de los más íntimos del Señor, los únicos testigos de la resurrección de la hija de Jairo, de la Transfiguración del Señor, y de su agonía en el Huerto de los Olivos.

En muchas ocasiones Pedro se haceportavoz de los demás apóstoles: pide al Señor que le explique la parábola de la pureza de corazón; pregunta cuál será la recompensa para ellos por haberlo abandonado todo.

Después del discurso eucarístico en la sinagoga de Cafarnaúm, a consecuencia del cual muchos de los discípulos abandonan al Maestro, es también Pedro quien habla en nombre de los demás apóstoles: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros hemos creído y conocido que Tú eres el Santo de Dios” .

Tiene condiciones humanas de líder, que son indicio, aunque no motivo, de su elección como primero entre los Doce.

Destaca en la vida de Pedro el episodio de Cesarea de Filipo donde Jesús le confiere el primado en la Iglesia. Pedro escucha con asombro los poderes nuevos de atar y desatar en el cielo y en la tierra, y la asistencia perpetua en el gobierno de una Iglesia invencible frente al poder de Satanás.

No desconoce Jesús la debilidad y las negaciones de Pedro: “Simón, Simón, he aquí que Satanás os ha reclamado para cribaros como el trigo. Pero yo he rogado por ti para que tu fe no desfallezca tu fe; y tú cuando te conviertas, confirma en la fe a tus hermanos” , pero eso no es obstáculo para seguir confiando en él.

Tras la Ascensión del Señor, Pedro ocupa, sin discusión alguna, el primer puesto entre los apóstoles: propone y preside la elección de Matías, en sustitución del traidor Judas, estableciendo los requisitos que debe cumplir el candidato ;pronuncia el primer discurso evangelizador al pueblo el día de Pentecostés ; obra en nombre de Jesús los primeros milagros ; toma la palabra en el Sanedrín, justificando la predicación de los apóstoles; condena a Ananías y Safira, así como a Simón el mago. Instruído en una visión del Señor, admite en la Iglesia a la primera familia pagana, la de Cornelio.



El mismo San Pablo, una vez convertido, y a pesar de haber recibido el evangelio por una revelación de Jesucristo, subió alrededor del año 39 a Jerusalén, para ver a Cefas -así le suele llamar habitualmente- y permaneció con él quince días: señal clara de la veneración que San Pablo tenía hacia el elegido por el Señor como cabeza visible de la Iglesia.

También las autoridades judías se daban cuenta de la posición preeminente de San Pedro en la Iglesia primitiva, por lo que Herodes Agripa I -alrededor del año 43- mandó encarcelarlo con el propósito de matarlo.

En tal ocasión “la Iglesia rogaba incesantemente por él a Dios”. Liberado milagrosamente de la cárcel, “salió y partió para otro lugar”. Se encaminó a Antioquía, pero no es seguro que fuera en ese momento. La tradición afirma que Pedro ocupó por un tiempo la sede antioquena.

Sabemos con certeza que asistió el año 49 al concilio de Jerusalén: allí, una vez más, San Pedro desempeña una misión fundamental para la unidad de la Iglesia.

Existe la tradición comprobada de la estancia de San Pedro en Roma, ejerciendo allí el episcopado, así como de su muerte bajo el emperador Nerón. La fecha más probable de su muerte es el año 67. Según la tradición murió

La Vocación de San Pablo


"Saulo, que todavía respiraba amenazas y muerte contra los discípulos del Señor, se presentó al sumo sacerdote y le pidió cartas para la sinagoga de Damasco, para traer presos a Jerusalén a cuantos hombres y mujeres hallase adeptos a esta doctrina.


Llamado arrollador que transforma al perseguidor en apóstol.

"Saulo, que todavía respiraba amenazas y muerte contra los discípulos del Señor, se presentó al sumo sacerdote y le pidió cartas para la sinagoga de Damasco, para traer presos a Jerusalén a cuantos hombres y mujeres hallase adeptos a esta doctrina.

Caminando a Damasco, ya se acercaba a esta ciudad, cuando de repente lo cercó de resplandor una luz del cielo. Y cayendo en tierra oyó una voz que decía: "Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?". Y él respondió: "¿Quién eres tú Señor?". Y el Señor le dijo: "Yo soy Jesús, a quien tú persigues, dura cosa es para ti dar coces contra el aguijón".

Él entonces dijo..."Señor, ¿qué quieres que haga?" Y el Señor le respondió: "Levántate y entra en la ciudad, donde se te dirá qué debes hacer". Los que lo acompañaban estaban asombrados, oyendo, sí, la voz, pero sin ver a nadie. Saulo se levantó de la tierra, y aunque tenía abiertos los ojos, no veía nada. Tomándolo de la mano lo llevaron a Damasco. Durante tres días se quedó sin ver y sin tomar alimento ni bebida.

Estaba en Damasco un discípulo llamado Ananías a quien se dirigió el Señor diciéndole: "Ananías". "Aquí estoy, Señor", respondió Ananías. "Levántate", le dijo el Señor, y ve a la calle llamada Recta; y busca en casa de Judas a un hombre de Tarso llamado Saulo, que ahora está en oración". Respondió Ananías: "Señor, he oído decir a muchos que este hombre ha hecho grandes daños a tus santos en Jerusalem, y viene con poderes de los sumos sacerdotes para encarcelar a todos los que invocan tu nombre". "Ve a encontrarle, le dijo el Señor, porque este hombre es un instrumento elegido por mí para llevar mi nombre delante de todas las naciones, y de los reyes, y de los hijos de Israel. Yo le haré ver cuántos trabajos tendrá que padecer en mi nombre".

Fue Ananías, entró en la casa, impuso las manos a Saulo y le dijo: "Saulo mi hermano, el Señor Jesús que se te apareció en el camino me ha enviado para que recobres la vista y quedes lleno del Espíritu Santo". Al momento cayeron de sus ojos unas como escamas y recobró la vista. Levantándose fue bautizado. Habiendo tomado alimentos recobró fuerzas". (Hechos de los Apóstoles IX, 1 a 19).


Perseguidor generoso.


Saulo era el más encarnizado enemigo de la Iglesia primitiva: convencido de la verdad del judaísmo, quería exterminar la secta cristiana. "Han oído hablar, escribirá más tarde a los Gálatas, el modo con que en otro tiempo vivía yo en el judaísmo, con qué furia perseguía a la Iglesia de Dios y la desolaba, y cómo me señalaba en el judaísmo más que muchos de mis compatriotas, siendo en extremo celoso de las tradiciones de mis padres"(I, 13-14).

Este encarnecimiento de perseguidor revela en Pablo una cualidad fundamental: "estaba lleno del celo de la gloria de Dios" (Hechos XXII, 3) queriendo servir al Señor con fogosidad y abnegación sin medida. Su generosidad al servicio divino lo empujaba a perseguir sin piedad a los cristianos. Se comprende que esta cualidad preparó a Pablo para su vocación.


Origen de la vocación.


Al hablar de su vocación, Pablo la hace remontar mucho antes del acontecimiento que se produjo en el camino de Damasco. Afirma que "Dios lo había llamado por su gracia, desde el seno materno" (Gal I-15). Al origen de su existencia, aún antes de su nacimiento, Pablo había sido señalado por la vocación. Dios se lo había apartado o lo había escogido, es decir que había separado a Pablo de los demás hombres y del mundo, para tomar posesión de su vida, reservándoselo para sí. Lo había llamado por su gracia, es decir que por un favor enteramente gratuito, había decidido hacerle oír su llamamiento. En este sentido fue predestinado a la vocación.

La infancia, la juventud de Saulo y aún su actitud de perseguidor, estaban en realidad impregnados y ordenados por esta predestinación: toda su vida estaba orientada, sin darse cuenta, hacia el momento en que la vocación se iba a revelar.


Encuentro con Cristo vivo.


Iba a llegar Saulo al término de su viaje, cuando queda cegado por la luz de Cristo y echado por tierra. No ve el rostro de Jesús pero oye su voz: "¡Saulo, Saulo! ¿por qué me persigues? Yo soy Jesús a quien tú persigues".

Saulo creía que Jesús estaba muerto, bien muerto y que su lamentable fin sobre la cruz era la señal de la reprobación de Dios para su obra. Cuando he aquí que de pronto se da cuenta de la potencia triunfadora de este Jesús que le prueba que está vivo, puesto que lo detiene y lo tira por tierra. Saulo encuentra a Cristo gloriosos, a un Cristo rodeado de luz sobrenatural.

En toda vocación, desde ahora, el llamamiento procede de Cristo resucitado. La fuerza divina de la resurrección está comprometida en el llamamiento; por este motivo la vocación es un misterio de vida nueva, un misterio de gozo, felicidad y alegría.


Llamado de Cristo.


Jesús se aparece a Saulo identificado con su Iglesia, puesto que se proclama perseguido. La persecución contra los cristianos alcanza personalmente a Cristo.

Desde luego Jesús detiene e interpela a Saulo en el camino de Damasco como jefe de su Iglesia. El autor del llamado es Cristo en su Iglesia. Se puede decir que con Jesús está toda la Iglesia dirigiéndose a Saulo para llamarlo y para provocar la transfiguración de perseguidor en apóstol.

Por este motivo la Iglesia tiene parte en la vocación: cuando Cristo llama lo hace por y para la Iglesia, y en nombre de la Iglesia. El llamamiento es por demás un servicio voluntario en la Iglesia y por la Iglesia: apego a Cristo y servicio de la Iglesia son una sola y misma cosa.


Respuesta de Saulo.

"Señor, ¿qué quieres que haga? (Hechos XX, 10). Es notable la docilidad de Saulo al llamamiento de Dios. Venía a Damasco con voluntad firme de perseguir a los cristianos violentamente y he aquí que deja todo lo que quería hacer y no busca ya mas que conocer la voluntad de Jesús. Se ofrece con una disponibilidad sin límites. Su generosidad al servicio de Cristo.

Saulo es el modelo de la aceptación de la vocación. Para él, el llamado echaba por tierra su vida y sus convicciones. Pero este llamado fue recibido por un alma grandemente abierta.


Misión que da Dios a Pablo.


"Este hombre, dijo el Señor a Ananías, es para mí un instrumento de elección para llevar mi nombre delante de todas las naciones, de los reyes y de los hijos de Israel". Del primer perseguidor, Cristo quiere hacer el mayor apóstol de la Iglesia primitiva, el que llevará a cabo el más extenso trabajo de evangelización entre las naciones paganas.

El pasado de Saulo no será un obstáculo para esta misión; de perseguidor que fue ahora será mucho más ardiente para proclamar y extender la fe en Cristo. Pudiera suceder que ciertas personas, llamadas por el Señor para una misión apostólica importante, hayan tenido un pasado aparentemente poco de acuerdo para esta misión. Pero este pasado no es para ellas un obstáculo, porque la vocación opera una renovación del alma, pone fin a un período de la existencia e inaugura un nuevo destino.


Llamado al sacrificio.


Cristo declara aún: "Yo mismo le haré ver todo lo que tendrá que sufrir por mi nombre". La vocación confiere a Saulo la eminente dignidad de apóstol, pero lo destina al mismo tiempo al sufrimiento. Una misión apostólica no puede cumplirse sin sacrificio, y Pablo tendrá que experimentarlo.

La vocación, llamamiento para seguir a Cristo, es siempre un llamado a unirse a su sacrificio, compartir su Pasión para cooperar a la salvación del mundo. A los que llama especialmente para ser sus apóstoles y testigos, Jesús les muestra todo lo que tendrán que sufrir por su nombre, por amor de Él.


Efusión del Espíritu Santo.


Para que Pablo pudiera realizar lo que le pide el Señor, deberá recibir la luz y la fortaleza de lo alto, "ser lleno del Espíritu Santo". Como en él, conversión y vocación coinciden; la gracia que necesita le es dada por el bautismo.

El llamado de la vocación no toca solamente el exterior del alma: para penetrar en una personalidad, en una vida humana y para moderarla según su nuevo destino, es acompañada de una efusión del Espíritu Santo. El alma es transformada por el Espíritu Santo y se vuelve apta para realizar todas las exigencias de la vocación, para cumplir la misión confiada por el Señor.


Bautismo y vocación.



En el caso de Saulo aparece más vivamente el estrecho lazo que existe entre bautismo y vocación. Por el bautismo Dios se adueña de una alma para llenarla de su vida divina; por la vocación quiere adueñarse de ella mucho más, llevando hasta lo máximo esta posesión.

El bautismo inauguró la vida de Pablo "en Cristo", vida de fe y de amor. En virtud de la vocación Pablo se entregó totalmente a Cristo que entraba en su alma; se puso a vivir únicamente por Él: la fe y la caridad alcanzaron su más grande dimensión en la total consagración a su misión apostólica.

(Tomado de Churchforum)

La Vocación de Andrés y de Juan




ATRACCIÓN HACIA JESÚS
“… Estaba Juan con dos de sus discípulos. Al ver que Jesús pasaba, dijo: Este es el cordero de Dios.” Al oír esto, los discípulos siguieron a Jesús. Jesús se vuelve y al ver que lo siguen les pregunta: “¿A quién buscan?”. Le contestaron: “Maestro, ¿Dónde vives?”. Jesús les dijo: “Vengan y vean”. Fueron y vieron dónde vivía. Eran como las cuatro de la tarde; y se quedaron con El el resto del día”. (S. Juan I, 35-39).
EL LLAMADO DE CRISTO
La vocación de los primeros discípulos muestra la atracción ejercida por la persona de Cristo. Los discípulos se ponen a seguir a Jesús sin haber sido expresamente invitados por Él. El Salvador no necesita decirles “Ven y Sígueme”, como lo dirá a otros. Su simple presencia es para los discípulos un llamado.
Se revela aquí un aspecto esencial de la vocación: es un llamado de Cristo. No es necesario que el llamamiento sea una invitación expresada con palabras: Basta que el Salvador atraiga a alguno en su seguimiento.
LLAMADO DEL AMOR DE JESÚS
Los discípulos pescaron al vuelo en Cristo su aspecto de amor: “Este es el Cordero de Dios”. El cordero es símbolo de dulzura, de mansedumbre. El precursor reconoció inmediatamente el rasgo fundamental de la persona de Jesús, y si los discípulos se ponen a seguir a este Maestro desconocido para ellos es que vieron en El algo que no encontraban en la misma manera en Juan Bautista
Notaron en el una bondad sorprendente, la expresión del amor de Dios que venía hacia los hombres. El Precursor se caracterizaba por la austeridad de su vida y la severidad de su predicación: Jesús se hacía notar por su amor manso y humilde.
Cristo atrae a los hombres como persona llena de bondad y de amor: la vocación viene del amor divino, del cual Jesús es el rostro humano más perfecto.
SABER LO QUE SE BUSCA
La pregunta de Jesús: “¿Qué buscan? ” obliga a los discípulos a reflexionar sobre el sentido de su búsqueda. Instintivamente siguieron a Jesús al que apenas conocían. Deberán tomar mucho más vivamente conciencia de lo que buscan al seguirlo. Para que su decisión sea más clara deben saber por qué quieren seguir los pasos del Maestro.
La vocación pide un conocimiento lúcido de lo que se busca, reflexionar sobre los motivos que se tienen para seguir a Cristo. No se puede limitar a una búsqueda instintiva; se debe ahondar y profundizar el sentido de lo que se hace.
ATRACCIÓN HACIA UNA INTIMIDAD PERSONAL.
“Maestro, ¿Dónde vives?” El lado admirable de la respuesta de los discípulos es que al dar a Jesús el título de Maestro le muestran el interés que tienen de escuchar su enseñanza, de llenarse de su doctrina. Al preguntarle: “¿Dónde vives? ” precisan que desean no solamente su doctrina sino la compañía personal de Cristo. Quieren estar donde Jesús vive.
Llamado de Jesús, la vocación tiende a procurar su compañía personal de Cristo. Los que son llamados están invitados a una intimidad personal con Cristo.


LA COMPAÑÍA DE CRISTO
“Vengan y vean”. Jesús responde, no por la indicación del lugar en donde vive, sino por el consejo de hacer la prueba. Como si dijera a sus discípulos: “Vengan para que aprecien lo que es vivir conmigo”. Los discípulos fueron con El y vieron por sí mismos lo que hacía y lo que era. Así se encaminaron para descubrir el verdadero rostro de Cristo.
En la vocación se encuentra el compromiso de hacer la prueba de la vida con Cristo, para descubrir así lo que es el Salvador. La personalidad de Jesús es un profundo misterio: se requiere entrar en su intimidad para conocerlo verdaderamente.
EL CAMINO CON ÉL.
“Fueron y vieron dónde vivía”. Los discípulos no se hacen repetir la invitación. Sentían demasiado que esta invitación respondía a su propia aspiración. Acompañaron inmediatamente a Jesús a su casa. Al principio se propusieron seguirlo; caminaban detrás de El con alguna timidez. Ahora caminaban con El, a su lado, escuchándole o hablándole. Cristo los tenía ya por amigos.
A los que escuchan el llamado de la vocación y le corresponden con plena voluntad, el Salvador les ofrece de inmediato su amistad: los invita a caminar con El, a su lado, y a recorrer así todo el camino de la vida humana.
EL DESEO DE PERMANECER CERCA DE JESÚS.
“Y se quedaron con El el resto del día” . Los discípulos comenzaron a gustar la felicidad de la intimidad con Cristo; desde que estuvieron con El en su casa tuvieron el deseo de quedarse. La prueba que hacían colmaba todos sus deseos: en Jesús encontraban todo lo que esperaban del Maestro de la vida, y mucho más. Empezaban a comprender el privilegio de poseer su presencia.
Los que, siguiendo el llamado de Dios, hacen la prueba de acompañar a Cristo, aspiran, como los dos primeros discípulos, a pertenecer con El, cerca de El, esta unión es la fuente mas segura de felicidad y da un valor muy superior a la existencia humana. Los que alcanzan quieren propagarla.

LA HORA DECISIVA
“Eran como las cuatro de la tarde”. El Santo Evangelio nos dice la hora del primer encuentro con Cristo: como las cuatro de la tarde. La indicación de la hora nos hace pensar la importancia que los primeros discípulos dieron a este encuentro: fue la hora capital de su vida, en la que se decidió toda su vida, todo su porvenir. Esta hora fue para los dos primeros discípulos, Juan y Andrés, su recuerdo más querido; una hora inolvidable.
El Espíritu Santo le atribuye una importancia mucho mayor, puesto que al inspirar la redacción del Evangelio, quiso que todos los lectores de san Juan conocieran esa hora.
En la historia de la vida humana en donde interviene la vocación, la hora del encuentro con Cristo es única.

Hermanas Franciscanas

Hermanas Franciscanas
Hermanas Franciscanas

Popular Posts

Las Obras de Misricordia

Las Obras de Misricordia
hfic

Presentaciones Power Point

Material Vocacional Franciscano