La vocación de Jeremías


Jeremías,
el Profeta sufriente




LA VOCACIÓN EN TIEMPOS DIFÍCILES



La época de Jeremías, del 627 al 587 a.C. es un momento trágico para Judá. Babilonia surge como una gran potencia y va dominando a los asirios, quienes años atrás habían invadido el Reino del Norte: Israel. Egipto teme la amenaza babilónica y procura utilizar a Judá como un tapón que ayude a cerrar ese famoso y codiciado corredor de paso, que es Palestina. Lo que queda de la Tierra Prometida está en peligro en medio de un torbellino político. Cuando la tierra está en peligro aparece la voz profética con dimensión política y sentido teológico. Jeremías analiza la situación y se opone fuertemente a que se hagan alianzas con Egipto y a que se enfrenten directamente con Babilonia. Pero los reyes de Judá, sacerdotes y jefes y hasta el mismo pueblo no aceptan a Jeremías y lo rechazan y persiguen. Jeremías verá, llorará y lamentará la caída de Jerusalén en el año 587 a.C.


*Vocación y acción del profeta:

Jeremías es llamado cuando es muy joven, y el Señor le hace comprender que la vocación comienza desde el seno materno. Él nació en Anatot, un pequeño pueblo cercano a Jerusalén, adonde habían desterrado a su padre, que era sacerdote, para marginarlo de la actividad del Templo y de Jerusalén. Dios llama a Jeremías con la misión de arrancar y plantar, de destruir y construir. Es una misión difícil, pero Dios estará con él siempre.

Jeremías confiesa con mucha sinceridad sus crisis internas, sus dificultades, para cumplir y perseverar en la vocación. En gran parte estas crisis se agravan por la persecución, las torturas y la cárcel que sufre.

Cuando cae Jerusalén, él aún se queda para ayudar a los sobrevivientes, pero al poco tiempo lo expulsan y lo mandan adonde menos quería ir: a Egipto. Allí murió.


*Denuncias:

Al prever la invasión de Babilonia y la destrucción de Judá, el profeta denuncia los principales motivos: idolatrías, injusticias, falso culto, falsos pastores y falsos profetas. El profeta le recuerda a su pueblo el gran cariño que le tuvo Dios, quien lo sacó de la esclavitud de Egipto. Le exige que no vaya a aliarse con Egipto.

- Denuncias religiosas: Condena fuertemente a quienes no ponen su confianza en el único Dios, por apoyarse sólo en falsas seguridades: el templo, el culto, la pertenencia a la raza o al linaje de Israel. Condena claramente la idolatría y el rendirle culto a los dioses extraños, a ídolos hechos por manos humanas, olvidándose y alejándose del Dios libertador.

- Denuncias sociales: Hace ver que no se practica la justicia y en cambio se oprime a los débiles. Los malhechores y opresores se enriquecen y engrandecen mediante el fraude. También condena la mentira y el engaño.


*Anuncio esperanzador: A pesar de tantas desgracias y problemas, Jeremías tiene motivos de esperanza y procura consolar a su pueblo. Recuerda el amor eterno de Dios, que sacó a su pueblo de Egipto, y que ha cuidado su viña con amor, que ama a Israel como un Padre ama a su hijo. Confía en el resto de Israel que resistirá y sobrevivirá y así será la base del tronco de donde brotará el germen, el retoño mesiánico. Se podrá hacer una alianza nueva y eterna escrita, no en piedra o papel donde se puede borrar, sino grabada en el corazón donde todos podrán leer con su conciencia. Su esperanza mesiánica, en parte, está condicionada a que puedan regresar a la Tierra que Dios les ha dado y a que practiquen la justicia.


Algunos textos para profundizar:

* Vocación y misión de Jeremías (Jer 1,1-19).

* Denuncias sociales: la corrupción de los dirigentes (Jer 5,26-31); la corrupción moral(9,1-5).

* Denuncias religiosas: contra el culto exterior (Jer 7,21-28; 11, 15-16). Los idólatras(8,1-3).

*Anuncio esperanzador: el Rey justo (Jer 23,1-8). El retorno de los deportados (31,1-14). La nueva Alianza (31,31-34).



Para Jeremías hay una fecha que indica claramente un antes y un después de la vocación: “Le fue dirigida la palabra del Señor, en tiempos de Josías, rey de Judá, en el año decimotercero de su reinado” (Jer 1,2). 


Jeremías no permanecerá en la situación en que se encontraba: es impulsado hacia una nueva forma de existencia. Se encuentra ante un proyecto y una misión que ni siquiera parece estar en sintonía con sus aspiraciones naturales, sicológicas y culturales. El hombre es puesto frente a Dios, y lo que sucede después será motivado y sostenido sólo por aquel encuentro. Por eso tendrá la impresión de un ‘acontecimiento’ que repentinamente lo aferra. Profetizar será por eso mismo, una necesidad natural, como es natural asustarse ante el rugir de una fiera: “Ruge el león, ¿quién no tiembla? El Señor ha hablado, ¿quién puede no profetizar?” (Amós 3,8). Esta inevitabilidad es una característica esencial de la vocación profética, porque ella encuentra sólo en el gesto de Dios (con frecuencia descrito como un ‘aferrar’), su misma fuerza y su irrenunciable derecho.En el origen de la vocación está siempre la Palabra de Dios. Una palabra que a veces revela algo que ya antes actuaba escondidamente en él y de ello le hace tomar plena conciencia: le revela que había sido ‘escogido’ desde siempre; que desde siempre ha sido mirado con amor electivo.Esta es la particularidad de la narración de la vocación de Jeremías: “La Palabra del Señor me fue dirigida diciendo: ‘Antes de formarte en el seno materno yo ya te conocía, antes de que fueras dado a luz yo te había consagrado: te he establecido profeta para las naciones” (Jer 1,5). No es cierto, pues, que la elección tuvo lugar ‘en el año decimotercero del reino de Josías: Ya la elaboración del niño en el vientre de la madre está animada por un gesto divino de amor particular, electivo.Con términos neo-testamentarios: una persona no puede ser llamada a subir necesariamente a la cruz, si no tiene una conciencia radical de ser hijo de Dios. Un profeta no puede ser llamado ‘como un cordero al matadero’ (Is 53m7; Jn 1,29), sin la certeza de ser ‘conocido’ por aquel que lo sacrifica.“Hoy te he constituido sobre pueblos y reinos para arrancar y demoler, para destruir y derribar, para edificar y plantar. Hoy hago de ti como una fortaleza, como un muro de bronce contra todo el país” (Jer 1,10). Lo que Dios le propone es una agonía en el sentido más propio del término: una lucha entre la muerte y la vida que sólo la gracia de Dios puede hacer sostenible y victoriosa. Jeremías, de hecho es constituido ‘profeta para los paganos’ (Jer 1,5) en el sentido de que el pueblo elegido –al cual es enviado- está reducido al rango de pueblo pagano.Frente a Dios que llama deben revisarse incluso nuestros convencionales conceptos de libertad y constricción. Dios puede envolver a un hombre hasta presionarlo y apropiárselo totalmente, como secuestrándolo para sí, exaltando al mismo tiempo su personalidad hasta sus más altas expresiones posibles. Como dice Pablo: libremente esclavo de Jesús.

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