La vocación de Isaías




En el origen de todo hay un acontecimiento preciso, una experiencia mística de visión de cómo la trascendencia de Dios se injerta en la inmanencia de la historia humana. En ese momento la gracia de Dios decide hacerlo particularmente visible al profeta, para que él llegue a ser mensajero para todos. Lo que él ve, está destinado a ser conocido por todos. Lo que Isaías ve ante todo es la gloriosa majestad de Dios (Is 6,1-4). Isaías será por ello testigo de la majestad de Dios, de su Santidad, de su gloria. Será testigo de cómo esta grandeza de Dios llega a la tierra pues su Gloria llena el templo y de allí irradia y se refleja sobre toda la tierra.

No puede existir una verdadera vocación que no vaya acompañada de una cierta percepción de la grandeza-belleza de Dios que atrae al que es llamado. Moisés había deseado eso, como sostén de su misión: “Hazme ver, te lo ruego, tu gloria” (Ex 33,18).

Ante la primera experiencia de esta belleza se produce una clara percepción del propio pecado: “¡Ay de mí! Estoy perdido, porque soy un hombre de labios impuros y habito en un pueblo de labios impuros. ¡Y sin embargo mis ojos han visto al Señor de los ejércitos!” (6,5).

Esta experiencia conjunta de la Belleza de Dios y la propia indignidad está presente en toda la historia de la espiritualidad y de la santidad cristiana, como experiencia base y como sello de autenticidad de casi todas las vocaciones más significativas.

El punto de contacto entre estas dos experiencias es la intervención misericordiosa de Dios que hace al hombre digno por gracia: “El serafín me tocó la boca con un carbón encendido y me dijo: Esto ha tocado tus labios; por eso ha desaparecido tu iniquidad, y tu pecado ha sido espiado” (6,6-7).

Entonces Isaías, fascinado por la Gloria de Dios, se hace capaz de percibir y amar el designio salvífico de Dios y se ofrece libremente como mediador para su realización. El ímpetu de la dedicación nace espontáneo de la conciencia del don gratuito y del perdón. Su boca arde por el fuego purificador del altar: “Oí la voz del Señor que decía: ¿A quién mandará? ¿Quién irá por nosotros? Y yo respondí: Heme aquí, mándame a mí” (6,8).

Isaías sabe que su destino de mensajero lo hará sufrir como mediador de la Belleza divina y de la miseria humana.

Existen pues, circunstancias históricas en las cuales lo que importa es que existan los profetas, los centinelas, independientemente de la eficacia de su mensaje. “Aquellos a quienes te envío son hijos testarudos y tienen el corazón duro. Tú les dirás: Así dice el Señor Dios. Y ellos, escuchen o no –porque son una raza rebelde- sabrán al menos que hay un profeta en medio de ellos. Tú no tengas miedo de sus palabras; serán para ti como cardos y espinas, y te encontrarás en medio de escorpiones. Pero tú no les temas. Tú les referirás mis palabras, escuchen o no, porque son una raza de rebeldes; abre la boca y come lo que te doy. Miré y he aquí que una mano extendida hacia mí tenía un rollo” (3,3-9).

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